La Luna y la bruja

Triste, tan triste, pero ante todo, tan sola, caminando bajo la luz de la Luna llena y saboreando la noche salada, Amaranta se dirigía al borde del acantilado. El mar rugía abajo, saludándola con fuerza. Era curioso saber que el mar, tan añejo, seguía teniendo la ferocidad propia de la juventud impetuosa. Amaranta sonrió esa sonrisa de lado, torcida, quebrada. Esa sonrisa que bien le habían dicho vidas atrás que guardaba más dolor que alegría, más silencios que palabras, más tristeza que paz. Quitándose el ondulado cabello atrigado del rostro, miró al cielo y estiró los brazos, formando una cruz con su propia silueta. La Luna, curiosa e inquieta, la había contemplado en silencio desde su fase creciente hasta el día de hoy.
—¿Qué pasa por tu mente, bruja?-—habló con voz argentina desde el cielo.
Amaranta abrió los ojos y dejó caer los brazos. Su rostro inescrutable contemplaba el redondo semblante lunar.
—Todo ha terminado para mí. Es hora de alzar el vuelo.
—Pero si llevas volando años, bruja. Al menos eso decían tus cantos y tus bailes.
—Era, como todo, un engaño, un sueño fugaz y nada más.
—¿De verdad quieres regresar a mí? Sabes que una vez hecho eso, no hay marcha atrás. Ni siquiera por él. Ni aunque él se sacrifique.
—No importa, no lo hará, simplemente no importa.– era apenas un susurro cantarino, como cristal quebrado; era obvio que contenía el llanto.
—Ustedes los humanos siempre tan inconformes, bruja. No es el fin del mundo.
—Para mí lo es.
—No puede ser tan…
—¡Oh, sí que lo es!—arremetió Amaranta, con una silenciosa furia,— le di mi corazón. Sintió tal seguridad que dejó que todo pasara sin pena ni gloria. Él tiene mi vida y no le interesa, no lo ve, no lo siente.
—Pero, bruja, él te ama.
—Ama la idea de amarme.
—No seas imprudente.
—Imprudente ya he sido.
—Bruja, ¿es que se te ha olvidado todo lo que has aprendido en tu paso por la Tierra? ¿Es acaso que tu memoria es tan corta que no alcanza más que para lo recién acaecido?
Amaranta bajó la mirada. Las lágrimas corrían por sus mejillas con libertad y eso la molestaba. Era tan débil, tan frágil. Era humana. Y a veces lo odiaba con toda su alma.
—Bruja…—la Luna guardó silencio por un momento. Amaranta estaba de rodillas, en el borde del acantilado, llorando sin control, apretando los puños. La Luna la alcanzó con uno de sus rayos más brillantes, para consolarla.— Oh, humana, calma ya. Malo fuera que no te doliera. No seas imprudente. No te arrepientas. Dale tiempo…
—¿Al tiempo? Si ya tiene todo el que quiere.
—Oh, mujer, calla y escucha. Dale tiempo a él. Amor, comprensión… y honestidad. Deja de callar. El silencio te mata, porque oculta quién eres.
—Pero cada que hablo se molesta.
—Porque hablas desde el arrebato y callas en la calma. Debería ser a la inversa: callar en el arrebato, hablar en la calma. Cabeza fría y corazón palpitante. Ama, bruja, no te arrepientas de amar, de sentir, de ser humana.
—Para ti es fácil decirlo porque no tienes que lidiar con los sentimientos tan absurdos y molestos, tan confusos y alebrestados, tan, tan…—el llanto ahogó las últimas palabras.
—Tan bellos e inmensos. No, no los siento. No puedo decir que te envidio, pues sentimiento es también, pero sí me pregunto con constancia qué será ser humano, vivir, llorar, amar.
—Es terrible.
—Sólo porque es hermoso. Y duele porque te importa. Y a él también le importa, no creas que no. Ustedes en su afán de ser racionales quieren dejar la parte más importante de lado. Ser inteligente no es ser ajeno a tu naturaleza, bruja. Ser fuerte no es ser ajeno a los sentimientos, es caer y aprender de esa caída. Es vivir y ser feliz y alegre la mayor parte del tiempo. Disfruta lo que tienes. No pienses en lo que no tienes, lo que no posees no está y ya. ¿Para qué lloras por eso que no conoces?
Amaranta se sacudía al ritmo de su llanto. Al borde del acantilado, iluminada por la Luna llena, fue donde él la vio. Llevaba horas buscándola. La Luna sonrió desde las alturas y procuró brillar con más fuerza, para que él no perdiera un sólo ápice de la escena.
Corrió hacia ella y la envolvió con sus brazos de hombre fuerte y joven, de hombre enamorado y preocupado ante la idea de perder a su amada.
—Aquí estás, estás bien, ¿Qué pasa, por qué lloras?
Amaranta al principio quiso resistirse a esos brazos, pero le duró poco la renuencia. Echó los suyos alrededor del cuello de él y se dejó envolver mientras lloraba con fuerza y, ante todo, con sentimiento.
—Tranquila, tranquila— repetía él en suave murmullo.
La Luna sólo suspiró para sí.
—Ama, bruja, no te arrepentirás.
Nerea. 22 de mayo, 2010.
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