Pienso en ti

Pienso en ti

Muchas veces no es de forma consciente, sino que cuando menos me lo espero, te topo en mi mente. Un comentario, un gesto, algo que habrías dicho (¡cuántas expresiones tenías!) y entonces te pienso a propósito.

Pa

“Te pareces mucho a tu papá” era una frase que antes me ofendía, porque tú y yo peleábamos mucho. Hubo una época en la que representabas todo lo que yo NO quería ser. Pero ahora creo que es porque yo representaba todo lo que tú hubieras querido ser. Todo lo que la vida, las circunstancias o qué sé yo no te permitieron ser.

Salvo la parte guerrera. Ahí sí no me molestaba que fuera comparada contigo. El día que tengo más grabado en la mente es ese día de junio en que fui a verte al hospital. Te fui a decir que iba a renunciar, que estaba cansada de la vida de oficina (esa vida que nunca me ha cuadrado del todo) y que volvería a intentarlo de freelance.

Llegué y tú, con intravenosa en los brazos, batita de enfermo y en el ambiente más deprimente del mundo, estabas parado junto a tu cama, audífonos puestos, guitarra de aire en mano, cantando desafinadamente. Por un segundo no eras el hombre delgado y frágil que tenía enfrente, sino eras el hombre robusto que amaba la comida y la bebida, tocando la guitarra real –ésa que por las quimioterapias ya no podías tocar –cantando alguna de las canciones que compusiste.

Sonreí y te observé hasta que mi mirada te hizo voltear. Te conté mis planes laborales. Lo que no te dije fue que también lo hacía para estar contigo, para acompañarte a todas esas citas médicas (y ayudar un poco a mi mamá que ya estaba agotada).

Al principio me refutaste lo que te decía. ¿Por qué no había durado más de un año en un trabajo? ¿Por qué siempre estaba a disgusto? ¿No sería yo el problema? No: mi problema era el sistema, siempre lo ha sido. Nací demasiado inquieta, no me puedo conformar, nunca he sabido hacerlo. Pero ¡ah! Tenía tanto miedo de defraudarte, de nunca ser suficiente. Porque al final, quería que estuvieras orgulloso de mí.

Me miraste fijamente y me dijiste “Ya estoy orgulloso de ti”.

Fueron dos meses y medio. Te acompañé a citas médicas, te vi marchitarte frente a nosotros.  El martes 25 de agosto te despertaste con mucho problema para respirar. Llevabas una semana con alimento vía intravenosa. Ya no podías pararte de la cama y todo el cuerpo te dolía. Era el final del camino. Pero esperaste a que G llegara de la escuela antes de despedirte de nosotros, cerrar los ojos e irte de este plano.

Pero a diario pienso en ti. En que al final hicimos las paces y no me faltó nada por decirte. En que aunque al principio te enojaste tantísimo conmigo, mi embarazo trajo al mundo a G, ese muchacho del que estabas tan orgulloso.

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Me pregunto si estarás orgulloso de mí: ya llevo más de un año en un trabajo de oficina. Pero sin dejar mis proyectos de lado. Sigo siendo inquieta.

“Te pareces mucho a tu papá” me siguen diciendo. Y sonrío. Quiero pensar que me parezco en las cualidades y no en los defectos. A dos años de tu partida, no te santifico, pero tampoco creo que fueras el mal encarnado, para nada. Simplemente eras humano, tratando de hacer lo que los humanos hacemos: vivir como mejor podamos.

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