La eterna mirada

Al día siguiente, despertó en una cama mullida, sintiendo el calor de otro cuerpo junto al suyo. Obligó a la pereza a largarse de sus ojos para lograr enfocar a su acompañante. Era una muchacha, dándole la espalda, quien compartía la cama con él. El cuerpo de ella, esbelto sin llegar a caer en los cánones de la belleza muerta de hambre, se movía apenas al ritmo de la respiración tranquila de la chica durmiente.

“Pero…pero…”, por más que martilleaba su cabeza para recordar, no podía arrancar la memoria de haber conocido a esa muchacha, mucho menos habérsela llevado a la cama. Y para todo esto, ¿en qué cama estaban?


Era claro que no era la suya, pero el cuarto era demasiado genérico como para saber si era el de la extraña durmiente, o el de un hotel de paso.


La falta de ventanas no le ayudaba. Se sentó en la cama. ¿Cómo sería el rostro de ella? La cabellera oscura se extendía sobre la almohada, el colchón, la cadencia de la espalda bajando por las curvas femeninas. No quería despertarla y sin saber si el cambio de peso en la cama la despertaría, mejor intentó ver desde donde estaba el rostro de la chica. Alcanzó a ver un asomo de una oreja, una nariz afilada y fina, como si fuera de muñeca de porcelana… el perfil se veía bello, con una de esas bellezas horrendas porque quitan el aliento, porque son profundas como la demencia… porque aterra ver que quien comparte tu cama no tiene rasgos humanos, aunque parezca humana.


Entonces, ella abrió los ojos. ¿O no los abrió? Los párpados se habían levantado en ese rostro que parecía humano pero no lo era. Tras los párpados, unas cuencas vacías fungían de ventana al infinito: el Universo entero, con toda su belleza y todo su horror, anidaba en las cuencas de la muchacha. Se había levantado y lo veía de frente, el pecho desnudo y frágil tejido con telarañas y lluvia. Ella tenía la mirada (¿pero calificaba como mirada eso?) clavada en él, y aunque él quería desviar los ojos, no podía.


En la cuencas bailaba el pasado: el joven contempló su día de titulación, las noches de desvelo leyendo hasta que las palabras perdieron sentido. Más atrás: el rompimiento con ese primer amor, el que dicen que nos marca para toda la vida. Horas y horas de música hip hop y jazz. Aún más atrás: su primer día en el kinder, su primer paso, su primera palabra, el primer latido de su corazón apenas formándose en el vientre de su madre.


Al mismo tiempo en esas cuencas bailaba el presente: una habitación genérica en la que él se sentaba en una cama, contemplando a la muchacha, que no era una muchacha pero se le parecía bastante, perdido en unos ojos vacíos y desbordados.


Ella sonrió, una sonrisa de plata, de leche, de lavanda. “¿Cómo demonios…?” él que se preciaba de conocer un vocabulario amplio, de haber viajado entre letras, fantasía y horrores, no podía describirla. Sin embargo sentía la promesa en el aliento cálido de su acompañante: el futuro eterno, todas las posibilidades, todos los rumbos que responden a la eterna pregunta “¿Qué pasaría si…?”, ella podía dárselos. Simplemente él tenía que darle una cosa y podía poseer el futuro del Universo entero.

Todas las respuestas, todo lo que hubiera, habría, podría ser, todo lo que fue, es y será: todo cabía en esas cuencas infinitas, en la eterna mirada de la muchacha que no lo era. Todo a cambio de que él existiera siempre ahí. De vez en cuando hacerle el amor, de vez en cuando enseñarle términos que ella no entendía, como la diferencia entre coger y amar, entre dormir y soñar, entre planear y ejecutar. Todo eso ella se lo prometía—él lo sentía en la sonrisa indescriptible, en el aliento cálido— a cambio de él: de que le regalara su pasado, su presente y su futuro. Tener todas las opciones del Universo siempre que él no saliera de ese cuarto ni hoy ni nunca. ¿En serio serviría saberlo todo, lo posible y lo real, lo imposible y lo fantasioso, si jamás se lo podía narrar a nadie, si jamás lo podía aprovechar? Además, ella era hermosa al grado del terror. Contenía la memoria de las estrellas ya muertas y de las galaxias por nacer. Ella ya había sido, y apenas empezaba a ser, y todavía sería y seguiría siendo cuando él ya no estuviera. ¿Ofrendarle los minutos, las horas, los años o los segundos de vida que le quedaran a cambio de saberlo todo?


“Debería dejarme pensarlo un poco, darle mi respuesta después, tras meditarlo”, pensó él. No podía articular las palabras, pero intuía que ella no necesitaba oír su voz para escucharle. La sonrisa en el rostro de sueños y pesadillas se agrandó. Ella extendió sus manos, tomó el rostro de él y sin aviso, lo besó.


El Universo explotó a su alrededor: el Big Bang volvía a ser, la muerte del Sol y de la Vía Láctea, el nacimiento de un nuevo cosmos. Todo se conjuntó mientras él sentía un deseo indescriptible, una sed que ni en las noches más acaloradas había concebido. Necesitaba tenerla en ese momento. Después de saciar el deseo podría tomar una decisión cabal. 
Al día siguiente, despertó en una cama mullida, sintiendo el calor de otro cuerpo junto al suyo.

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