Hijo de lectora

Me declaro culpable. He criado a un pequeño lector. No fue a propósito. O tal vez sí. No fue una cosa pensada o planeada. O tal vez sí.  Ocurrió sin que lo notara, aunque siempre que llegué a notarlo me emocionó bastante.

Mi hijo creció rodeado de libros. Literal. Los libros no sólo ocupan los libreros. Toman las repisas, la cómoda, las mesas de noche y hasta el piso. A veces contemplo la posibilidad de construir muebles con los libros, pero me preocupa el hecho de sacar uno para releerlo y tirar la mesa del comedor o la cama con ese simple acto.

Él se ha ido acostumbrando a que regalarnos libros sea motivo de felicidad. Pasear por ferias del libro, o el Remate de Libros que cada año se lleva a cabo en el Auditorio Nacional, o simplemente entrar a una librería es algo que le gusta. Y sabe que siempre puede sonsacarme un libro.

vivir entre libros

Me platica las historias que lee, quizá porque yo le narro sobre las que leo (las que son aptas para él, claro, pues algunas de mis lecturas son macabras, por decir lo menos, o no son temas que le interesen). Mi pequeño ha visto cómo los libros van ocupando cada vez más espacio, cómo me mandan libros de diferentes editoriales para que los reseñemos en la revista, cómo mi vida gira en torno a la palabra escrita.

Y no sólo yo. Su tía carga siempre un libro en la mochila (yo tiendo a cargar más de uno). Su abuelo leía mucho. Su abuela lee. Sus padrinos leen ¡y le regalan libros!

No es un lector empedernido, ni lo obligo a leer. Hace algunos años empezó la saga de Los guardianes de William Joyce. Convenció a una de sus tías a que los leyera, y se los iba prestando. Pero se detuvo en el tercero (de cinco o seis que iban a ser). Nunca lo cuestioné, entendí que tenía sus motivos para dejar esos libros de lado—creo que fue algo emocional, por una pérdida y un duelo: esos libros los relacionaba con alguien que dejó de estar en su vida. Aquí no se lee por obligación (en general).

Se ha clavado con sagas que me parecen medio bobas de repente, pero ¡hey! Es lo que le gusta. Y a veces no ha querido leer. Ha preferido jugar videojuegos o dibujar o ver la tele. Y también es válido.

Verán: mi hijo es lector porque lo he dejado. Ha tenido el ejemplo de vivir en una casa de lectores, y tuvo la buena o mala suerte de tener una madre bibliófila, pero jamás ha tenido la obligación de leer. Claro, en la escuela hay lecturas que debe hacer, pero ya teniendo el hábito de la lectura es menos denso leer lo que es porque “hay que leerlo”. Y en casa jamás es una obligación. Es un gusto, un escape. Una forma de vida que le hemos contagiado.

Sí. Soy culpable. Le he contagiado la bibliofilia a mi pequeño. Y espero que jamás se cure.

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