Cuentos y otras historias

Ayer escribí acerca del libro Espectacular de cuentos, antologado por Michael Chabon y traducido al español por los escritores Alberto Chimal y Raquel Castro. Mientras tecleaba la reseña tracé un párrafo que después noté merecía un post propio:

“Antes de platicar sobre los cuentos del libro en sí, debo decir algo: yo empecé escribiendo cuentos muy joven. Mis influencias venían de mis lecturas de cuentos infantiles al inicio, y luego en secundaria y prepa de muchos cuentos de grandes escritores como Edgar Allan Poe, Mark Twain, Pearl S. Buck, Rudyard Kipling entre otros. En mi secundaria y mi prepa llevé literatura inglesa y americana, además de la consabida materia de literatura en español. Ello provocó que leyera muchas historias cortas y que me enamorara de este tipo de narrativa. Con el paso de los años dejé de leer (y de escribir) cuentos. No sé si fue la vida o que cada vez fue más complicado que encontrara buenas historias, el punto es que dejé los cuentos”.

Aquí va el post dedicado a los cuentos.

Hace muchos años, cuando apenas iniciaba una relación con el que ahora es mi ex, hubo un desencanto quizá absurdo. Mi mamá estaba viendo la película Yo, robot con Will Smith. Comenté que yo no entendía cómo podían hacer una película acerca del libro de Isaac Asimov, si son cuentos. Mi entonces novio dijo que era igual, pues los cuentos sólo son novelas muy, muy cortas. Mi mamá contempló al chico y le dijo: “Si vas a salir con mi hija, debes entender que no puedes decirle eso”.

En efecto, yo estaba en absoluto shock. Si bien para mí las etiquetas en literatura no son necesarias, es cierto que existen diferencias muy claras (al menos yo creía que eran obvias) entre lo que es un cuento o historia breve y lo que es una novela, empezando por la complejidad de los personajes y de la historia misma. Mientras que Quiroga decía en su decálogo para el buen cuentista que hay que “tomar a tus personajes de la mano y llevarlos al final del camino sin detenerse en los detalles alrededor”, en las novelas los detalles importan y enriquecen la historia, los personajes secundarios pueden abundar y el novelista puede, si quiere, detenerse en los detalles de la psicología y el pasado de varios de los personajes.

Como mencioné antes, crecí leyendo cuentos. Muchos cuentos. Y escribiendo también cuentos donde la atmósfera siempre fue sobrenatural. Una amiga describió mis relatos como “perfectamente normales hasta llegar a la tercera línea y notar que la locura y la muerte rondaban en las esquinas”. Si de etiquetas se tratara, dirían que mis historias son de fantasía o, quizá, de horror. Culpo a la notable influencia de Poe, de Quiroga, de Lovecraft y las muchas antologías de cuentos de fantasmas y horror que leí en mi adolescencia.

Por lo mismo me identifiqué mucho con las atmósferas extrañas de los textos de Neil Gaiman cuando en la Navidad de 2009 mi entonces novio me regaló The Graveyard book con la nota “Te presento a tu nuevo autor favorito”. Sin embargo, para ese entonces yo ya me había alejado de los cuentos, tanto los propios como los ajenos.

Estaba surgiendo la tendencia de escribir historias no tan relevantes. Personajes ordinarios, con vidas ordinarias donde no pasa nada muy extraordinario. Contar breves fragmentos de la vida de alguien. No sé si con el afán de mostrar la decadencia de la sociedad o de la imaginación, el punto es que no me atrapaban. O tal vez ya no sabía dónde encontrar buenas historias.

Y noté que sin inspiración, sin historias que me emocionaran, las propias cada vez surgían menos. Eso, mezclado con los años complicados que viví y que mencioné en mi regreso a estos lares, me mantuvo alejada de las historias breves.

Afortunadamente, no me peleé con el cuento. Fui leyendo los de Neil Gaiman (su maravilloso libro M is for magic me devolvió la fe en la fantasía macabra de los cuentos) y me obsesioné con conseguir los originales de los hermanos Grimm—que por cierto, sigo sin obtener. A mediados del año pasado cayó en mis manos la antología Manda Fuego de Alberto Chimal, cortesía del propio autor.

Irónicamente, a pesar de llevar años de seguirlo en redes sociales y leerlo en su blog, así como eventuales charlas con él y su esposa, no había tenido oportunidad de leer libros de él. Cuando empecé a leer los cuentos de esta antología me emocioné. Incluso recuerdo que le escribí un mensaje de WhatsApp a otro amigo “¿Cómo es posible que no hubiera leído a Alberto antes? ¡Sus letras son fantásticas!”. Mi amigo, lector sorprendente (la cantidad de libros que puede leer en un año es obscena) me contestó que tengo que leer la novela La torre y el jardín (otro libro que se niega rotundamente a caer en mis manos, maldita sea). Luego, en septiembre, fui a la presentación del libro Los atacantes, también de Alberto. El libro presenta breves cuentos que no dejan dormir. Más explicación en este video.

Finalmente, al reacomodar mi eternamente desbarajustado librero, captó mi atención un libro pequeño que me regaló una amiga en diciembre de 2014: Y, sin embargo, es un pañuelo. El autor, J. Muñoz de Baena, escribe 20 cuentitos con un humor pícaro y una ocurrencia típicamente mexicana. Estos tres libros me hicieron:

  1. Envidiar a los autores por su imaginación. Generalmente las letras que me hacen admirar a sus autores me generan también esa sensación de envidia “¿cómo no se me ocurrió eso a mí?”
  2. Retomar el gusto por los cuentos y hacerme buscar más.
  3. Retomar la escritura de cuentos.

Es así como opté por llevarme Espectacular de cuentos a mis vacaciones de fin de año: para terminar/iniciar año con historias breves. En este redescubrimiento de mi primer amor literario, llega el ímpetu de las letras que quieren salir de mi mente. Y el afán de compartir, claro. Por ello de Reyes Magos le regalé a mi hermana el libro Mirrors and smoke de Neil Gaiman y me regalé la antología 2015 The best american science fiction and fantasy que contiene 20 historias breves.

Libros 2016
Mis primeros libros del 2016

Ya les contaré qué tal mi segundo aire con los cuentos.

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