El regreso

Hubo una época en la que escribía muy seguido en blogs. Mi exnovio me llegó a decir que escribía demasiado y que era imposible seguirme el paso, pues entre la escuela (que me exigió abrir no menos de tres blogs), mi blog personal privado, mi blog personal público y la revista que dirijo la verdad es que mis palabras volaban por la Internet a una velocidad impresionante.

Era una costumbre, un hábito: sentarme a escribir diario en al menos uno de mis sitios. Sin embargo, tras el rompimiento con mi ex (periodo en que sólo podía escribir cosas tristes o rencorosas porque así estaba purgando mi duelo) dejé de escribir en general. Incluso mantener mi columna en la revista que dirijo me costaba un trabajo infame. También dejé de leer al ritmo al que lo hacía. No sé si era depresión o no. En general era que no me gustaba estarme quejando de todo sin más.

Luego mi papá se enfermó. Por tercera vez en su vida se enfrentaba al cáncer. Yo cambié de trabajo varias veces: di clases, impartí talleres, fui community manager y acabé trabajando en un editorial (infame para los freelancers, explotadora para su gente base). El trabajo me pagaba bien pero me empezó a sofocar moralmente. Me la vivía de malas y si bien mi familia trataba de apoyarme la verdad era que por más que me esforzaba no me ponía de buenas. ¿Para qué escribir cuando estaba en ese ánimo tan pestilente? Incluso dejé de escribir en mi diario (sí, llevo un diario desde la prepa, con periodos de dejar de escribir, pero he notado que en los periodos en que no escribo enloquezco un poco más).

En mayo, en un arranque de emoción al hallar el diseño ideal, me tatué en el brazo derecho, a la altura de la muñeca, una mariposa. Desde hacía mucho tiempo quería dos tatuajes: una mariposa y una luna. Pero no había dado con un diseño que me gustara lo suficiente. Mi papá casi me asesina, a pesar de tener yo en ese momento 30 años.

mariposas

En junio del año pasado decidí renunciar a esa editorial que me estaba agriando tanto el carácter, principalmente porque nunca he sido material Godínez: no puedo estarme quieta en una oficina sentada ante una computadora por horas y horas y horas, no importa lo buena que sea la paga. Me asfixia ese modelo de trabajo.

Al renunciar tuve la oportunidad de irme de viaje una semana al estado de Hidalgo a conocer sitios turísticos. Retomé fuerza y entablé buena amistad con la artista Jovanna Plata, así como reforcé mi amistad con Gus Camarillo. Surgieron nuevos planes y nuevos bríos. Volver a la vida freelance me exigió apretar el cinturón, pero me permitió quedarme en casa a cuidar a mi padre, que fue en declive. Lo llevaba a sus citas médicas, hacía trámites y en casa cuidaba de él. Poco a poco vi cómo la enfermedad lo estaba consumiendo: de pararse temprano, preparar desayuno para mi mamá, hacer sus oraciones en la sala, meditar y leer como si no hubiera un mañana, poco a poco empezó a pararse más tarde, sin ánimo. Fue dejando de rezar en la sala, cada vez leía menos y eventualmente ya salir de su cuarto era un logro. Supe— y se  lo dije en una comida a una prima que es como mi hermana— que mi papá iba a fallecer antes de que acabara el año.

En efecto, en agosto mi papá dejó este plano terrenal, en casa, rodeado por nosotros, su familia. Saber que alguien va a morir y vivir su muerte son cosas totalmente diferentes. Una cosa es racional; la otra, visceral. Siempre he pensado que lo difícil de la muerte no es para el que se va, sino para los que nos quedamos. Con el fallecimiento de mi papá lo comprobé. La cantidad de trámites que hay que realizar son inhumanos. Mi mamá, una enorme guerrera, lidió con todo como la más valiente.

mi papá

Y la vida cambió radicalmente. De tener que acomodar nuestras agendas y tiempos alrededor de no dejar solo a mi papá, mi mamá y yo nos encontramos con una enorme cantidad de tiempo libre. Muchos reajustes. Mucho acomodo emocional. No soy buena con los duelos. Tras dos abortos espontáneos, el rompimiento de la relación más larga que he tenido y ahora la muerte de mi padre, puedo decir sin problema que eso del duelo no se me da.

Para final de año mi madre, mi prima, mi hermana, mi hijo y yo nos fuimos a la playa por una semana. Creo que desde la preparatoria no tenía vacaciones sin preocupaciones: tirarme a leer por horas, jugar cartas con mis hermanas (repito: mi prima es como mi hermana), pararme a la hora que me diera la gana y estar desconectada de las redes sociales.

G y V en el mar

Por mi trabajo en la revista vivir conectada es casi un “must”. Estar al pendiente del celular, los mensajes, los likes, las indicaciones a mi equipo, se convierte en algo a veces esclavizante. Por primera vez desde que fundé la revista dejé todo botado y me dediqué a mi familia y a mí. Retomé mi diario y mis cuadernos para escribir fantasía, bosquejos de historias, narrativa. Retracé los planes de mi vida.

Ahora estoy de vuelta en la ciudad y en este espacio. Mucho del trabajo que tuve en 2013 y 2014 fue precisamente por mi constancia al escribir en blogs. No me creo docta en nada, sólo sé que me gusta aprender y compartir. Otra vez estoy leyendo bastante y es común que mis amigos se acerquen a mí con una pregunta “¿Qué libro me recomiendas?”.

Así que heme acá, en el inicio del 2016, con la intención de compartir flashazos de mi vida personal (por si a algún internauta le parece interesante) así como mis experiencias con los libros, los viajes, los lugares que conozco y las ideas que surgen al leer. Mi vida en letras. Bienvenidos sean.

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