Cazadores de tesoros

Hace tiempo en mi cuenta de Twitter puse que me mandaran canciones y a cambio yo les escribía un cuento, inspirado en las rolas que me mandaran. Ahora les comparto por acá lo que fue saliendo. Esta canción me la pasó @crashdrummer y el cuento que salió es el que sigue.

—Pero tenías que ir a ver qué era eso que brillaba en el fondo de la cueva, ¿verdad?

—¡Carajo! ¿De verdad? ¿De verdad te vas a poner a recriminarme ahorita?

—Sí, si vamos a morir quiero que quede muy claro en tu cabezota de piedra que es tu culpa por inútil.

—No nos ha alcanzado ¿o sí? Deja de ser tan dramática, pensé que te gustaba la aventura.

—Con la aventura no tengo problema, tengo problemas con la idea de morir.

—Que no vamos a… aaaaaah—la frase del cazador se vio interrumpida porque la ladrona lo tiró al piso justo a tiempo para evitar que la llamarada los cocinara vivos.

—No hay dragones ya en esas cuevas, eso dijiste, pero no te vuelvo a hacer caso—le siseó ella al oído.

El dragón que venía detrás de ellos estaba muy enojado. No era de los más grandes, quizá su tamaño era el de una ballena azul (la ladrona había visto otros realmente monstruosos) pero eso no quitaba que era un verdadero peligro.

De haber sabido que así iba a ser esa búsqueda, quizá se habría echado para atrás. Pero Divad era muy convincente y se veía muy seguro al guiarla hacia la montaña. “Verás que todo sale bien: entramos, salimos, vendemos el botín ¡y a lo que sigue!”. Tan fácil que lo hizo ver. Lo difícil no fue escalar la montaña ni tratar de no matarse bajando a la cueva entre piedras afiladas y una oscuridad que parecía no tener fin. Meterse en aguas heladas que llegaban hasta la cintura (y mejor no pensar en las criaturas que nadaban ahí) no había sido complicado. El problema había sido dejar el oro y las joyas para seguir al cazador en busca de lo que él prometía era su objetivo. Y ya que lo había agarrado salir nadando y luego corriendo. Escalar mientras a uno lo persigue un dragón bestial es difícil. Salir de la cueva fue un logro y no caer rodando cuesta abajo, toda una hazaña de equilibrio y pericia. Pero el dragón, tras desatorarse derrumbando parte de la cueva subterránea, los había alcanzado en tres zancadas, lanzando fuego con furia. Y ella había sido la culpable de la caída intentando salvar el pellejo.

Habían caído entre piedras que los habían protegido de las flamas. El dragón era ciego pero tenía buen olfato. La ladrona sabía que no tenían mucha oportunidad: correr en ese instante no era opción, pero quedarse entre las piedras equivalía a ser rostizados en unos minutos.

—Suficiente. Dame la poción para dormir—le dijo el cazador.

—¡No es hora de drogarse!

—No es para mí, anda ya, dámela.

La ladrona la sacó a regañadientes del bolso y se la tendió. Él sacó su arco. El dragón se estaba acercando, olisqueando en búsqueda de los ladrones. El cazador sabía que contaba con un tiro y nada más. Puso el frasco con la poción en el arco, tensando la cuerda. El dragón metió el hocico entre las piedras e inhaló profundo. Rugió de forma amenazadora. La ladrona se llevó las manos a la boca tratando de no gritar. El cazador tensó el arco al máximo y justo cuando el hocico del dragón se abrió, soltó la poción. Un golpe certero.

—¡Corre, corre, corre!—le gritó a la ladrona jalándola del brazo.

La ladrona no se atrevió a voltear a ver lo que pasaba, pero escuchó un golpe y sintió la tierra bajo sus pies retumbar. Era un terremoto. La vibración los tiró y rodaron cuesta abajo.

Cayeron al pie de la montaña y fue cuando ella notó que el dragón había caído.

—Sabía que la poción era fuerte pero no tan fuerte—dijo ella con los ojos grandes por el asombro.

—Es que no la habías mezclado bien.

—¿Estuviste jugando con mis pociones de nuevo?—le dio un soberano coscorrón en la cabeza.

—Pero nos salvé ¿no? Quién te entiende: no quieres morir, me gritas. Te salvo de morir, me golpeas. Nada te parece, Ailsa.

—Si no fueras tan idiota, Divad, me caerías bien.

Se levantaron y ella exigió ver el botín. Quería saber qué les había casi costado la vida. Divad sonrió con picardía:

—¡Esto!— era una enorme piedra, o al menos eso parecía, color marrón con destellos dorados.

—¡No es cierto! No lo hiciste

—Claro que lo hice.

—¡Por eso nos estaba persiguiendo! Ooooh, se va a enojar, se va a enojar muuuucho cuando despierte y no nos vamos a escapar.

—Tenemos la ventaja. Empieza a caminar, llegaremos a buena hora al mercado negro.

—¿Lo vas a vender?

—¡Pues claro! Esto vale una fortuna.

Ailsa quería recriminárselo, pero el vacío en la panza le hizo callarse. Era cierto: un huevo de dragón les daría suficiente oro para comer bien y dejar de robar al menos unos meses.

Algo rugió más fuerte:

—¡Divad! El dragón despertó, ¡corre!

—No, Ailsa, es mi panza. Anda, camina.

Ailsa sonrió. Era un idiota, claro, pero uno listillo y eso le agradaba. Al menos en su atrevimiento había conseguido algo que les quitaría el hambre a ambos.

—La próxima vez que me digas que vamos a divertirnos quiero la definición exacta de diversión que tienes en la mente.

—Querías ser cazadora de tesoros en lugar de vil ladrona ¿no? Acepta el precio y vamos, deja de ser tan dramática.

Ailsa no pudo repelar. Siguió caminando detrás de Divad, preguntándose qué otros tesoros podrían buscar después de vender éste. Sabía que la aventura apenas empezaba. Y eso le gustaba.

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